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LA TUMBA DEL ALMA
La palabra es la tumba del alma, pero sin ella estamos cegados en un mundo de tinieblas

Archivo: Abril 2008

29/04/2008 GMT 1

LA OSADÍA DE LA IGNORANCIA

vulturis @ 21:45

Una comisión del parlamento andaluz a la que se encomendó revisar el «lenguaje sexista» de los documentos de allí, se ha dirigido a la Real Academia Española solicitando un informe sobre la corrección de los desdoblamientos tipo «diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas, funcionarios y funcionarias», etcétera. Como suele –recibe cinco mil consultas mensuales de todo el mundo–, la RAE respondió puntualizando que tales piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales o en mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas, obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas.

Aún se detalló más en la respuesta de la RAE: que precisamente la oposición de sexos, cuando se utiliza, permite destacar diferencias concretas. Usarla de forma indiscriminada, como proponen las feministas radicales, quitaría sentido a esa variante cuando de verdad hace falta. Por ejemplo, para dejar claro que la proporción de alumnos y alumnas se ha invertido, o que en una actividad deportiva deben participar por igual los alumnos y las alumnas. La pérdida de tales matices por causa de factores sociopolíticos y no lingüísticos, y el empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas, resulta empobrecedor, artificioso y ridículo: diputados y diputadas electos y electas en vez de diputados electos, o llevaré a los niños y niñas al colegio o llevaré a nuestra descendencia al colegio en vez de llevaré a los putos niños al colegio. Por ejemplo.

Pero todo eso, que es razonable y figura en la respuesta de la Real Academia, no coincide con los deseos e intenciones de la directora del Instituto Andaluz de la Mujer, doña Soledad Ruiz. Al conocer el informe, la señora Ruiz se quejó amarga y públicamente. Lo que hace la RAE, dijo, es «invisibilizar a las mujeres, en un lenguaje tan rico como el español, que tiene masculino y femenino». Luego no se fumó un puro, supongo, porque lo de fumar no es políticamente correcto. Pero da igual. Aparte de subrayar la simpleza del argumento, y también la osada creación, por cuenta y riesgo de la señora Ruiz, del verbo «invisibilizar» –la estupidez aliada con la ignorancia tienen huevos para todo, y valga la metáfora machista–, creo que la cosa merece una puntualización. O varias.

Alguien debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las que hay en el Gobierno de la Nación o en la Junta de Andalucía, que están mal acostumbradas. La Real Academia no es una institución improvisada en dos días, que necesite los votos de las minorías y la demagogia fácil para aguantar una legislatura. La RAE tampoco es La Moncloa, donde bastan unos chillidos histéricos en el momento oportuno para que el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia cambien, en alarde de demagogia oportunista, el título de una ley de violencia contra la mujer o de violencia doméstica por esa idiotez de violencia de género sin que se les caiga la cara de vergüenza. La lengua española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos, donde ningún imbécil analfabeto –o analfabeta– tiene nada que decir al hilo de intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en el exilio. Así que por una vez, sin que sirva de precedente, permitan que este artículo lo firme hoy Arturo Pérez-Reverte. De la Real Academia Española

PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES

vulturis @ 21:40

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

INOCENTES, PERO MENOS

vulturis @ 21:31

Tendemos a confundir inocencia con ignorancia. Pensaba en eso el otro día, viendo en la tele los estragos que cuatrocientos litros de agua por metro cuadrado pueden hacer en la estupidez y el desinterés del ser humano por las realidades físicas del mundo real en el que vive. Creemos que metiendo maquinaria y cemento podemos mover montañas, alterar cauces de ríos y cambiar el paisaje a nuestro antojo, vulnerando impunemente las leyes naturales. Nos consideramos, arrogantes, a salvo de todo, hasta que un día el Universo se despereza, bosteza un poco y pega cuatro zarpazos al azar. Entonces resulta que el coqueto paseo marítimo de Benicapullos de la Marineta, que costó una tela, hay que demolerlo porque corta el paso a las aguas embravecidas que vuelven a correr por donde siempre corrieron desde hace siete millones de años; y que la urbanización de adosados, construida en la orilla misma del río Manolillo, se va a tomar por saco llevándose los coches, los bajos de las casas, a las abuelitas jubiladas y cuanto encuentra por delante. Luego, claro, la culpa la tiene el Pesoe, o el Pepé, o el alcalde, o Protección Civil. Los demás nos manifestamos llorando, o cabreados, pero sin culpa de nada. Exigimos indemnizaciones al Estado para recomponer nuestras vidas, y nos lamentamos porque la razón y el telediario nos asisten. Somos víctimas inocentes.

Sin embargo, siempre hubo diluvios y volcanes. Las playas de tal o cual sitio son idílicas precisamente porque, segura de que allí cada cierto tiempo el mar pega un sartenazo, la gente se iba a vivir a otra parte, por si acaso. Los maremotos, por tanto, no son culpables de nada. Ni los terremotos. Ni lo que sea. Siempre estuvieron ahí, y hasta los animales salvajes buscaban su guarida en otros pastos. De pronto, en los últimos treinta años, o cien, o los que sean, hemos decidido, porque nos conviene, que una riada, un tsunami o una erupción de lava son fenómenos posibles, pero improbables. Así que, oiga. Ya sería mala suerte. Por una ola gigante cada siglo y medio, por una Nueva Orleáns cada cinco, no vamos a desperdiciar la playa tal o la parcela cual, que piden ladrillo a gritos. Así que llenamos de pisos el Vesubio, reconstruimos San Francisco en el mismo sitio, y situamos quince mil plazas hoteleras en una playa que está a treinta kilómetros en línea recta del volcán submarino más próximo. Y venga vuelos de bajo coste, mojitos de ron y mariachis. Con todos muy felices, claro, y fotos para la familia, y los niños jugando en playas vírgenes de arena blanca, hasta que un día el mar y el azar dicen: hoy toca. Y adiós muy buenas, chaval. Más fiambre para el telediario. O sea. Más víctimas inocentes.

Antes, al menos, había excusa. O justificación. No siempre éramos culpables de los efectos letales de nuestra ignorancia, porque la sabiduría no estaba al alcance de todos. Estudiar era difícil, y los cuatro canallas con corona o sotana que manejaban el cotarro eran incultos o procuraban, en bien de su negocio, que la chusma lo fuera. El hombre ignoraba que el mundo es un lugar peligroso y hostil donde al menor descuido te saltas el semáforo; o lo sabía, pero no contaba con medios para evitar el daño. Sin embargo, hace tiempo que esa excusa no vale, al menos en lo que llamamos Occidente. De Pompeya a las playas asiáticas, de Troya a las Torres Gemelas, el imbécil occidental –ustedes y yo– dispone de treinta siglos de memoria escrita que se pasa por el forro de los huevos. Tenemos colegio obligatorio, televisión e Internet, y nunca hubo tanta información circulando. Quien no sabe es porque no quiere saber. Ahora somos deliberadamente ignorantes porque resulta más cómodo y barato mirar hacia otro lado y creer que nunca va a tocarnos a nosotros. Hasta que toca, claro. Hasta que el piso que compramos sin fijarnos en que estaba en el cauce de un río seco se nos llena de agua. Hasta que el viaje basura de quince euros que contratamos con una compañía cutre para sentirnos millonarios tres días bebiendo piña colada mientras nos llaman Buana o Sahib, nos deja tirados en el aeropuerto. Hasta que la hipoteca que nos atamos al cuello sin averiguar antes si cuando todo se vaya al diablo podremos pagarla, nos revienta en la cara y nos deja en la puta calle. Entonces, sí. Entonces somos víctimas inocentes, pedimos compasión, ayuda internacional y soluciones a cargo de los presupuestos del Estado, y exigimos responsabilidades a la compañía aérea, y a la cadena hotelera, y al gobierno, y a Dios, mientras agitamos en alto nuestros inútiles billetes de avión, nuestras letras que no podemos pagar, nuestras casas inundadas y nuestros muertos.

EL DEPREDADOR (1ª PARTE)

vulturis @ 00:25

Nunca abandonaba la casa. No parecía tener aficiones ni gustos conocidos. Sólo su sombra era testigo de sus pasos. Y nadie la vio reir jamás.
Hubiera sido fácil con cualquier otra persona, de esas que van a trabajar a las nueve y salen a las once a tomar el café. Hubiera sido fácil si ella hubiera salido a hacer footing a las ocho de la tarde, o de copas cada viernes a las once.
Pero vivía en una urna de cristal protector, que le aislaba de cualquier peligro urbano. Una urna que sin nadie saberlo, le asfixiaba. Y nadie lo sabía, porque nunca salía de casa, porque sólo su sombra era testigo de sus pasos. Un testigo mudo.
Cuando nació llovía. Parecía que no hubiera cesado de llover desde entonces. Y le encantaba la lluvia. Pasaba horas muertas frente a la ventana, como si disfrutara observando cada lágrima vidriosa estrellárse contra los cristales.
Quizá sintiera un extraño morbo cada vez que una gota moría. O quizá le gustara el gris ceniciento del cielo de marzo. Podían ser tantas cosas, que podía no ser ninguna de ellas. Era posible que lo hiciera porque sí. Porque si simplemente. Al fin y al cabo, es por lo que la mayor parte de la gente, hace la mayor parte de las cosas.
Cada mañana a las nueve, llegaba su profesora. Jamás la vió sin unos tacones de menos de once centímetros. Pisaba el asfalto con la fuerza de quien imprime su sello por donde pasa, como si el pavimento le hubiera agrabiado terriblemente en el pasado y ajustara cuentas. No tenía más de treinta años. Pero su mirada traidora delataba que había aprendido en poco tiempo lo que otros tardan toda una vida en intuir. Piernas kilométricas, y tez pálida. Cabello oscuro y pechos firmes.
El depredador llevaba dos semanas vigilando, cuando la mirada de la profesora se topó con la suya. Se sintió desnudo, y supo que esta vez no lo estaba haciendo tan bien como solía. Aquella mañana la niebla pegajosa mojaba las calles y lamía las farolas aún encendidas.

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