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LA TUMBA DEL ALMA
La palabra es la tumba del alma, pero sin ella estamos cegados en un mundo de tinieblas

16/09/2008 GMT 1

SCARFACE: El mundo en tus manos

vulturis @ 23:21

elvirahancock.jpgImpresionantes personajes los interpretados magistralmente por Al Pacino y Michele Pfeiffer.

Tony Montana, cruel, sanguinario, nada es demasiado, nunca es suficiente, sólo el mundo en sus manos.

Elvira, con su belleza serena y elegante. Escalofriante la escena de la raya de coca, la escena de la discusión en el restaurante. Y fascinante la escena final, un Tony Montana que realmente parece poseer el mundo en sus manos.

La película de 1883, fue dirigida por Brian de Palma, y traducida en suramérica como "caraccortada" y como "El precio del poder" en España.

Narra el ascenso de un asesino cubano en el mundo de la mafia estadounidense, del nada, a todo, sin escrúpulos ni límites.

Cuando el director presentó la película a la MPAA, esta le dio una "Clasificación X" (que es para mayores de 18 años, y con contenido bastante fuerte). A continuación, hizo algunos recortes y volvió por segunda vez; de nuevo le dieron una "Clasificación X" (Las razones principales de la película se clasificó de manera al parecer fue a causa de los disparos de Octavio el payaso artista intérprete o ejecutante, así como la gráfica escena de la tortura motosierra). Él hizo una vez más algunos nuevos recortes y lo presentó por tercera vez, pero de nuevo le dieron una "X". De Palma se negó a cortar la película de nuevo, para calificarla con un R. Él y el productor Martin Bregman organizaron una audiencia con el MPAA. Ellos trajeron a un grupo de expertos, incluidos los oficiales reales de estupefacientes, que declararon que la película es un retrato exacto de la vida real en el submundo de drogas yscarface0009.jpg que debe ser visto ampliamente. Esto convenció a los 20 miembros de la junta de puntuaciones, para otorgarles una "Clasificación R" (menos que la X) por una votación de 18-2. Sin embargo, De Palma inferirse que si el tercer corte de la película fue considerada una "R" que el primer corte debería haber sido una "R" también. El orador pregunta si el estudio se podría liberar el primer corte, pero se le dijo que no podía. Sin embargo desde el Studio ejecutivos realmente no sabía las diferencias entre los diferentes cortes que se había presentado, De Palma lanzó el primer corte de la película a los cines de todos modos. No fue sino hasta la película habían sido puestos en libertad en cinta de vídeo meses después de que confesó que había puesto en libertad sin editar su primera versión y tiene la intención de la película.

A pesar de ser una de las películas más taquilleras (se recaudó 65 millones de dólares), la película fue duramente criticada por muchos expectadores, y por la comunidad cubana en Miami, que se opuso a diversos aspectos de la película, y que en la película los comparan con delincuentes y narcotraficantes.

La comunidad exigió que el guión sea cambiado, para incorporar una retórica anti-Fidel Castro (sobre todo, que Tony Montana sea un espía de trabajo para Fidel Castro y la introducción de organizaciones políticas anti-Castro al argumento como láminas de Montana) en la película. Después de prolongadas negociaciones en última instancia, los productores se negaron a ceder, diciendo que la película se trata sobre las drogas y no sobre la política de Castro en Cuba.

Scarface iba a ser originalmente filmado en la Florida, pero con el fin de evitar los enfrentamientos con la comunidad, el equipo rodó la película en Los Angeles.

Scarface fue duramente criticada en su época por mostrar numerosas escenas de violencia, lo que provocó que en Alemania de su versión en vídeo fueran recortados veintidós minutos. Sin embargo, el Scarface de Hawks, el original, también fue criticado por «ofrecer una visión negativa de la carrera empresarial americana». Quizá la película de Brian de Palma contenga grandes dosis de violencia, pero si por algo se recuerda es por la apoteósica escena final.

Los hechos narrados en la película tienen lugar en Miami, pero tuvo que ser filmada en los alrededores de Los Ángeles tras airadas protestas de la comunidad cubanoamericana de Miami, pues decían que en Scarface presentaba a los cubanos como narcotraficantes y delincuentes.

scarfacecigar.jpg 

La escena donde Tony y Angel deben comprar la cocaina, esta basada en un hecho real, en Miami, unos traficantes que estaban vendiendo cocaina en grandes cantidades mutilaron el cuerpo de otro traficante y lo incineraron en el mismo departamento quedandose con el dinero que poseia.

25/07/2008 GMT 1

PRIMER CAPÍTULO: PERDONA SI TE LLAMO AMOR

vulturis @ 20:44



Uno
Noche. Noche encantada. Noche dolorosa. Noche insensata, mágica y loca. Y luego más noche. Noche que parece no acabar nunca. Noche que, sin embargo, a veces pasa demasiado rápido. Éstas son mis amigas, qué demonios... Fuertes. Son fuertes. Fuertes como Olas. Que no se detienen. El problema vendrá cuando una de nosotras se enamore de verdad de un hombre.

—¡Eh, esperad que yo también me apunto!

Niki las mira a una tras otra. Están en la via dei Giuochi Istmici. Han dejado abiertas las puertas de su diminuto Aixam y, con la música a tope, improvisan un desfile de moda.

—¡Vale, ven!

Olly camina con un contoneo exagerado por la calle. Volumen al máximo y gafas de sol oscuras muy fashion. Parece Paris Hilton. Un perro ladra a lo lejos. Llega Erica, gran organizadora. Trae cuatro Coronitas. Apoya las chapas en una barandilla y a puñetazos las hace saltar una tras otra. Saca un limón de su mochila y lo corta en rodajas.

—Eh, Erica, por si te pillan, ¿ese cuchillo mide menos de cuatro dedos...?

Niki se ríe mientras la ayuda. Mete una rodaja de limón en cada Coronita y ¡chin chin!, brindan entrechocando con fuerza las botellas y alzándolas a las estrellas. Luego sonríen con los ojos casi cerrados, soñando. Niki es la primera en beber. Respira profundamente y recupera el aliento. Mis amigas son fuertes, y se seca la boca. Es bonito poder contar con ellas. Con la lengua lame una gota de su cerveza.

—Chicas, sois guapísimas... ¿Sabéis qué? Necesito amor.

—Necesitas un polvo, querrás decir.

—No seas borde —interviene Diletta—, ha dicho amor.

—Sí, amor —prosigue Niki—, ese misterio espléndido, desconocido para ti...

Olly se encoge de hombros. En efecto, piensa Niki, necesito amor. Pero tengo diecisiete años, dieciocho en mayo. Todavía estoy a tiempo...

—Un momento, un momento, esperad que ahora me toca desfilar a mí...

Y Niki recorre resuelta la estrambótica acera-pasarela entre sus amigas que silban, se ríen y se divierten con esa extraña y espléndida pantera blanca a la que, al menos hasta ahora, nadie ha golpeado todavía.

—Cariño, ¿estás en casa? Perdona que no te haya avisado, pero creía que iba a volver mañana.

Alessandro entra en su casa y mira alrededor. Ha regresado antes a propósito con deseo de ella, pero también con ganas de sorprenderla con otro. Hace ya demasiado tiempo que no hacen el amor. Y, a veces, cuando no hay sexo, ello no significa sino que hay otra persona. Alessandro camina por la casa, pero no encuentra a nadie, en realidad no encuentra nada. Dios mío, ¿acaso han entrado ladrones? Después ve una nota sobre la mesa. Su letra. «Para Alex. Te he dejado algo de comida en el frigo. He llamado al hotel para avisarte, pero me han dicho que ya te habías ido. Quizá querías descubrirme. No. Lo siento. Por desgracia, no hay nada que descubrir. Me he ido. Me he ido y basta. Por favor, no me busques, al menos por un tiempo. Gracias. Respeta mis decisiones del mismo modo que yo he respetado siempre las tuyas. Elena.» No, Alessandro deja la nota sobre la mesa, no han entrado los ladrones. Ha sido ella. Me ha robado la vida, el corazón. Ella dice que siempre ha respetado mis decisiones, pero ¿qué decisiones? Deambula por la casa. Los armarios están vacíos. Conque decisiones, ¿eh? Si ni mi casa era mía. Alessandro ve que la lucecita del contestador automático parpadea.

¿Lo habrá pensado mejor? ¿Querrá regresar? Aprieta la tecla esperanzado. «Hola, ¿cómo estás? Hace tiempo que no das señales de vida. Eso no está nada bien... ¿Por qué no venís Elena y tú a cenar una noche con nosotros? ¡Nos encantaría! Llámame pronto, Adiós.» Alessandro borra el mensaje. También a mí me encantaría, mamá. Pero me temo que esta vez me tocará aguantar una de tus cenas solo. Y entonces me preguntarás: «Pero ¿cuándo os vais a casar Elena y tú, eh? ¿A qué estáis esperando? Ya has visto lo hermoso que es, tus hermanas ya tienen hijos. ¿Cuándo me vas a dar un nietecito tuyo?» Y es posible que yo no sepa qué responderte. No seré capaz de decirte que Elena se ha ido. Y entonces mentiré. Mentirle a mi madre. No, no está bien. Con treinta y seis años además, treinta y siete en junio... Eso está muy mal.

Una hora antes.

Stefano Mascagni es escrupuloso en casi todo, menos con su coche.

El Audi A4 Station Wagon toma veloz la curva del final de la via

del Golf y enfila la via dei Giuochi Istmici. Un escrito dejado por alguien

sobre el cristal trasero solicita: «Lávame. El culo de un elefante

está más limpio que yo», y sobre el cristal lateral: «No, no me laves; estoy

dejando crecer el musgo para el pesebre de Navidad.» En el resto

de la carrocería, apenas se ve el gris metalizado, de tanto polvo como

la cubre. Una carpeta llena de folios resbala hacia delante y cae, desparramando

su contenido sobre la alfombrilla del coche. Idéntica

suerte corre una botella de plástico vacía, que se mete debajo del

asiento y rueda peligrosamente cerca del pedal del embrague. Del cenicero

rebosa una serie de envoltorios de caramelos que lo hacen parecer

un arco iris. Menos romántico, sin embargo.

De repente, un golpe seco procedente del portaequipajes. Maldita

sea, se ha roto, lo sabía. Mierda. Y encima no puedo ir a verla con el



coche en estas condiciones. Seguro que Carlotta llamaría a una empresa

de desinfección y después no querría volver a verme nunca más.

Hay quien dice que el coche es el espejo de su propietario. Como los

perros.

Stefano se acerca a unos contenedores y apaga el motor. Se baja

rápidamente del Audi. Abre el portaequipajes. El portátil está fuera de

su funda; ésta se había quedado abierta y el aparato se debe de haber

salido al tomar la curva. Lo coge, lo observa por todos los lados, por

encima y por debajo. Parece intacto. Tan sólo se ha aflojado un poco

uno de los tornillos del monitor. Menos mal. Lo vuelve a meter en la

funda. Sube de nuevo al coche. Mira a su alrededor. Tuerce el gesto.

Del bolsillo del respaldo del asiento del copiloto asoma una bolsa gigante

de supermercado semivacía, resto de la supercompra del sábado

por la tarde. La saca. Stefano comienza a recoger velozmente todo

cuanto queda a su alcance. Lo va metiendo dentro de la bolsa hasta

llenarla. Luego baja, abre de nuevo el portaequipajes, coge el portátil

y lo deja sobre uno de los contenedores. Trata de colocarlo de modo

que mantenga el equilibrio y no se caiga al suelo. Empieza a sacar del

portaequipajes cosas ya inútiles y olvidadas. Una bolsita vieja, un estuche

de CD, tres latas de refresco vacías, un paraguas roto, un paquete

de pilas pequeñas gastadas, un chal tieso. Después, antes de que

la bolsa se desborde del todo, se dirige hacia los contenedores. Caramba,

no sabía que hubiese de tantas clases... Vidrio, plástico, papel,

basura sólida, basura orgánica. Caray. Precisos. Organizados. ¿Y

dónde meto yo esto? Son todas cosas diversas. Bah. El amarillo me

parece perfecto. Stefano se acerca y pisa el pedal para abrirlo. La tapa

se levanta de golpe. El contenedor está lleno. Stefano se encoge de

hombros, lo cierra de nuevo y deja la bolsa en el suelo. Vuelve a subir

al coche. Mira de nuevo a su alrededor. Así está mejor. Bueno, no.

Quizá debiera pasar también por el túnel de lavado. Mira el reloj. No,

no, es tarde. Carlotta ya me debe de estar esperando. Y no puedes

hacer esperar a una mujer en la primera cita. Stefano cierra el portaequipajes,

vuelve al coche, arranca. Pone un CD. Piano y orquesta

número 3, op. 30, tercer movimiento, de Rachmaninov. Ya está. Ahora

todo es perfecto. Cuando Carlotta me vea llegar con este «Rach 3»

se desmayará, como en Shine. Embrague. Estupendo. Acelerador. Y

se va. Gran noche. Y gran seguridad también al volante.

Un gato bicolor camina afelpado y curioso. Ha permanecido escondido

hasta que el coche se ha ido. Después ha salido y, de un salto

preciso, ha comenzado su paseo de contenedor en contenedor. Algo

llama su atención. Se acerca. Empieza a restregarse, a observar, sigue

husmeando. Se rasca una oreja mientras pasa una y otra vez junto a la

esquina del ordenador. Desde luego, ésa sí es una basura extraña.

La música sale fuerte y estridente de los bafles del Aixam.

—¡Naomi!

—Se me da bien, ¿eh? —Sonríe Niki.

Diletta bebe un sorbo de cerveza.

—Deberías dedicarte en serio a lo de ser modelo.

—Pasa el tiempo, un año, una se engorda...

—¡Olly, eres una envidiosa! Te fastidia que desfile tan bien, ¿o

qué? Pero sabes de sobra que esta..., es la hostia. ¿Cómo se llama?

—Alexz Johnson.

—¡Eh, aquí todas somos profesionales! Mira, mírame a mí. —Y Olly

se planta en el otro extremo de la acera, se apoya la mano en la cadera

derecha, dobla un poco la pierna y se detiene, mirando fijamente al

frente. Después da media vuelta, se echa la melena hacia atrás con un

rápido movimiento de cabeza y regresa.

—¡Pareces una modelo de verdad! –Y todas le aplauden.

—Modelo número 4, Olimpia Crocetti.

—Giuditta, mejor que Crocetti. —Y empiezan a cantar a coro una

canción, unas mejor y otras peor, unas sabiéndose de verdad la letra y

otras inventándosela de cabo a rabo. «I know how this all must look,

like a picture ripped from a story book, I’ve got it easy, I’ve got it

made...» Y se toman un último y fresco sorbo de cerveza.

—¡Valentino, Armani, Dolce e Gabbana, el desfile ha terminado!

¡Aquí estaré, por si me queréis contratar! —Y Olly hace una reverencia



a las demás Olas—. ¿Qué hacemos ahora? Empiezo a estar aburrida

de estar aquí...

—¡Vámonos al Eur, o quizá, qué sé yo, al Alaska! ¡Sí, hagamos

algo!

—Pero ¡si acabamos de hacer algo! No, chicas, yo me voy a casa.

Mañana tengo examen y me la juego. Tengo que recuperar el cinco y

medio.

—¡Venga! ¡No seas pelma! No vamos a volver tarde. Y, además,

mañana puedes levantarte más temprano y le das un repaso, ¿no?

—No. Necesito dormir, ya van tres noches que me hacéis llegar

tarde y yo no soy precisamente de hierro.

—¡No, en realidad eres dura sólo de mollera! Está bien, haz lo que

te parezca, nosotras nos vamos. ¡Hasta mañana!

Y cada una a su paso se va en una dirección: tres, directas hacia

quién sabe dónde y una hacia su casa. Los cuatro botellines de Coronita

siguen allí, en la acera, como conchas abandonadas en la playa tras

la marea. Mira qué desastre, cómo lo han dejado todo. Claro, como yo

soy la escrupulosa... Las recoge. Mira a su alrededor. Las farolas iluminan

una hilera de contenedores. Menos mal, ahí está el contenedor de

color verde, el del vidrio. ¡Qué asco! Qué descuidada es la gente. Han

dejado un montón de bolsas en el suelo. Al menos podrían separar la

basura. ¿Acaso no se han enterado de que el planeta está en nuestras

manos? Coge los botellines y los deja caer uno a uno por el agujero

adecuado. ¿Y las chapas? ¿Dónde las meto? No son de cristal... Quizá

donde van las latas y los botes. También podrían indicarlo, con una

etiqueta o un dibujo bonito. «Chapas aquí.» Se para y se echa a reír.

¿Cómo era aquel viejo chiste de Groucho? Ah, sí...

«Papá, ha llegado el hombre de la basura.»

«Dile que no queremos.»

Detallista, tira también al contenedor correspondiente una bolsa

que se había quedado fuera. Entonces lo ve. Se acerca temerosa. No

me lo puedo creer. Justo lo que necesitaba. ¿Lo ves?, a veces vale la

pena ser ordenado.



Más tarde, esa misma noche. El coche frena con un chirrido de

neumáticos. El conductor baja a toda prisa y mira a su alrededor. Parece

uno de los personajes de «Starsky y Hutch». Pero no va a disparar

a nadie. Mira a los pies del contenedor. Detrás, encima, debajo,

por el suelo de alrededor. Nada. Ya no está.

—No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. Nadie limpia jamás,

nadie se preocupa de si los demás dejan las bolsas en el suelo y,

justo esta noche, tenía que encontrarme a un tipo correcto y puñetero

en mi camino... Y encima Carlotta me ha dado calabazas. Me ha dicho

que finalmente se había enamorado... Pero de otro...

Y no sabe que, por culpa de lo que ha perdido, un día, Stefano

Mascagni será feliz.


29/04/2008 GMT 1

LA OSADÍA DE LA IGNORANCIA

vulturis @ 21:45

Una comisión del parlamento andaluz a la que se encomendó revisar el «lenguaje sexista» de los documentos de allí, se ha dirigido a la Real Academia Española solicitando un informe sobre la corrección de los desdoblamientos tipo «diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas, funcionarios y funcionarias», etcétera. Como suele –recibe cinco mil consultas mensuales de todo el mundo–, la RAE respondió puntualizando que tales piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales o en mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas, obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas.

Aún se detalló más en la respuesta de la RAE: que precisamente la oposición de sexos, cuando se utiliza, permite destacar diferencias concretas. Usarla de forma indiscriminada, como proponen las feministas radicales, quitaría sentido a esa variante cuando de verdad hace falta. Por ejemplo, para dejar claro que la proporción de alumnos y alumnas se ha invertido, o que en una actividad deportiva deben participar por igual los alumnos y las alumnas. La pérdida de tales matices por causa de factores sociopolíticos y no lingüísticos, y el empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas, resulta empobrecedor, artificioso y ridículo: diputados y diputadas electos y electas en vez de diputados electos, o llevaré a los niños y niñas al colegio o llevaré a nuestra descendencia al colegio en vez de llevaré a los putos niños al colegio. Por ejemplo.

Pero todo eso, que es razonable y figura en la respuesta de la Real Academia, no coincide con los deseos e intenciones de la directora del Instituto Andaluz de la Mujer, doña Soledad Ruiz. Al conocer el informe, la señora Ruiz se quejó amarga y públicamente. Lo que hace la RAE, dijo, es «invisibilizar a las mujeres, en un lenguaje tan rico como el español, que tiene masculino y femenino». Luego no se fumó un puro, supongo, porque lo de fumar no es políticamente correcto. Pero da igual. Aparte de subrayar la simpleza del argumento, y también la osada creación, por cuenta y riesgo de la señora Ruiz, del verbo «invisibilizar» –la estupidez aliada con la ignorancia tienen huevos para todo, y valga la metáfora machista–, creo que la cosa merece una puntualización. O varias.

Alguien debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las que hay en el Gobierno de la Nación o en la Junta de Andalucía, que están mal acostumbradas. La Real Academia no es una institución improvisada en dos días, que necesite los votos de las minorías y la demagogia fácil para aguantar una legislatura. La RAE tampoco es La Moncloa, donde bastan unos chillidos histéricos en el momento oportuno para que el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia cambien, en alarde de demagogia oportunista, el título de una ley de violencia contra la mujer o de violencia doméstica por esa idiotez de violencia de género sin que se les caiga la cara de vergüenza. La lengua española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos, donde ningún imbécil analfabeto –o analfabeta– tiene nada que decir al hilo de intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en el exilio. Así que por una vez, sin que sirva de precedente, permitan que este artículo lo firme hoy Arturo Pérez-Reverte. De la Real Academia Española

PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES

vulturis @ 21:40

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

INOCENTES, PERO MENOS

vulturis @ 21:31

Tendemos a confundir inocencia con ignorancia. Pensaba en eso el otro día, viendo en la tele los estragos que cuatrocientos litros de agua por metro cuadrado pueden hacer en la estupidez y el desinterés del ser humano por las realidades físicas del mundo real en el que vive. Creemos que metiendo maquinaria y cemento podemos mover montañas, alterar cauces de ríos y cambiar el paisaje a nuestro antojo, vulnerando impunemente las leyes naturales. Nos consideramos, arrogantes, a salvo de todo, hasta que un día el Universo se despereza, bosteza un poco y pega cuatro zarpazos al azar. Entonces resulta que el coqueto paseo marítimo de Benicapullos de la Marineta, que costó una tela, hay que demolerlo porque corta el paso a las aguas embravecidas que vuelven a correr por donde siempre corrieron desde hace siete millones de años; y que la urbanización de adosados, construida en la orilla misma del río Manolillo, se va a tomar por saco llevándose los coches, los bajos de las casas, a las abuelitas jubiladas y cuanto encuentra por delante. Luego, claro, la culpa la tiene el Pesoe, o el Pepé, o el alcalde, o Protección Civil. Los demás nos manifestamos llorando, o cabreados, pero sin culpa de nada. Exigimos indemnizaciones al Estado para recomponer nuestras vidas, y nos lamentamos porque la razón y el telediario nos asisten. Somos víctimas inocentes.

Sin embargo, siempre hubo diluvios y volcanes. Las playas de tal o cual sitio son idílicas precisamente porque, segura de que allí cada cierto tiempo el mar pega un sartenazo, la gente se iba a vivir a otra parte, por si acaso. Los maremotos, por tanto, no son culpables de nada. Ni los terremotos. Ni lo que sea. Siempre estuvieron ahí, y hasta los animales salvajes buscaban su guarida en otros pastos. De pronto, en los últimos treinta años, o cien, o los que sean, hemos decidido, porque nos conviene, que una riada, un tsunami o una erupción de lava son fenómenos posibles, pero improbables. Así que, oiga. Ya sería mala suerte. Por una ola gigante cada siglo y medio, por una Nueva Orleáns cada cinco, no vamos a desperdiciar la playa tal o la parcela cual, que piden ladrillo a gritos. Así que llenamos de pisos el Vesubio, reconstruimos San Francisco en el mismo sitio, y situamos quince mil plazas hoteleras en una playa que está a treinta kilómetros en línea recta del volcán submarino más próximo. Y venga vuelos de bajo coste, mojitos de ron y mariachis. Con todos muy felices, claro, y fotos para la familia, y los niños jugando en playas vírgenes de arena blanca, hasta que un día el mar y el azar dicen: hoy toca. Y adiós muy buenas, chaval. Más fiambre para el telediario. O sea. Más víctimas inocentes.

Antes, al menos, había excusa. O justificación. No siempre éramos culpables de los efectos letales de nuestra ignorancia, porque la sabiduría no estaba al alcance de todos. Estudiar era difícil, y los cuatro canallas con corona o sotana que manejaban el cotarro eran incultos o procuraban, en bien de su negocio, que la chusma lo fuera. El hombre ignoraba que el mundo es un lugar peligroso y hostil donde al menor descuido te saltas el semáforo; o lo sabía, pero no contaba con medios para evitar el daño. Sin embargo, hace tiempo que esa excusa no vale, al menos en lo que llamamos Occidente. De Pompeya a las playas asiáticas, de Troya a las Torres Gemelas, el imbécil occidental –ustedes y yo– dispone de treinta siglos de memoria escrita que se pasa por el forro de los huevos. Tenemos colegio obligatorio, televisión e Internet, y nunca hubo tanta información circulando. Quien no sabe es porque no quiere saber. Ahora somos deliberadamente ignorantes porque resulta más cómodo y barato mirar hacia otro lado y creer que nunca va a tocarnos a nosotros. Hasta que toca, claro. Hasta que el piso que compramos sin fijarnos en que estaba en el cauce de un río seco se nos llena de agua. Hasta que el viaje basura de quince euros que contratamos con una compañía cutre para sentirnos millonarios tres días bebiendo piña colada mientras nos llaman Buana o Sahib, nos deja tirados en el aeropuerto. Hasta que la hipoteca que nos atamos al cuello sin averiguar antes si cuando todo se vaya al diablo podremos pagarla, nos revienta en la cara y nos deja en la puta calle. Entonces, sí. Entonces somos víctimas inocentes, pedimos compasión, ayuda internacional y soluciones a cargo de los presupuestos del Estado, y exigimos responsabilidades a la compañía aérea, y a la cadena hotelera, y al gobierno, y a Dios, mientras agitamos en alto nuestros inútiles billetes de avión, nuestras letras que no podemos pagar, nuestras casas inundadas y nuestros muertos.

EL DEPREDADOR (1ª PARTE)

vulturis @ 00:25

Nunca abandonaba la casa. No parecía tener aficiones ni gustos conocidos. Sólo su sombra era testigo de sus pasos. Y nadie la vio reir jamás.
Hubiera sido fácil con cualquier otra persona, de esas que van a trabajar a las nueve y salen a las once a tomar el café. Hubiera sido fácil si ella hubiera salido a hacer footing a las ocho de la tarde, o de copas cada viernes a las once.
Pero vivía en una urna de cristal protector, que le aislaba de cualquier peligro urbano. Una urna que sin nadie saberlo, le asfixiaba. Y nadie lo sabía, porque nunca salía de casa, porque sólo su sombra era testigo de sus pasos. Un testigo mudo.
Cuando nació llovía. Parecía que no hubiera cesado de llover desde entonces. Y le encantaba la lluvia. Pasaba horas muertas frente a la ventana, como si disfrutara observando cada lágrima vidriosa estrellárse contra los cristales.
Quizá sintiera un extraño morbo cada vez que una gota moría. O quizá le gustara el gris ceniciento del cielo de marzo. Podían ser tantas cosas, que podía no ser ninguna de ellas. Era posible que lo hiciera porque sí. Porque si simplemente. Al fin y al cabo, es por lo que la mayor parte de la gente, hace la mayor parte de las cosas.
Cada mañana a las nueve, llegaba su profesora. Jamás la vió sin unos tacones de menos de once centímetros. Pisaba el asfalto con la fuerza de quien imprime su sello por donde pasa, como si el pavimento le hubiera agrabiado terriblemente en el pasado y ajustara cuentas. No tenía más de treinta años. Pero su mirada traidora delataba que había aprendido en poco tiempo lo que otros tardan toda una vida en intuir. Piernas kilométricas, y tez pálida. Cabello oscuro y pechos firmes.
El depredador llevaba dos semanas vigilando, cuando la mirada de la profesora se topó con la suya. Se sintió desnudo, y supo que esta vez no lo estaba haciendo tan bien como solía. Aquella mañana la niebla pegajosa mojaba las calles y lamía las farolas aún encendidas.

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